La carta de Callao

Por E.J. Valdés

En los escalones de la estación de Callao encontré tirado un pequeño sobre blanco, sellado, sin remitente ni destinatario. Lo cogí y pregunté a la gente que pasaba si acaso alguien lo había perdido. Como nadie lo reclamó, regresé a los torniquetes y le dije a la oficial de policía que deseaba entregar ese envoltorio a la oficina de objetos perdidos, pues quizá alguien preguntase por él. Me dijo que ella no podía hacerse cargo de ello, que debía entregarlo yo mismo a la administración de la terminal y ellos a su vez lo remitirían a la Oficina de Objetos Perdidos del Ayuntamiento (no tenía idea que existiera tal cosa). Puesto que se me hacía tarde para reunirme con mi editor en un cafecito de la Gran Vía, decidí atender mi compromiso primero y depositar el sobre cuando fuera de regreso.

Unos veinte minutos después, cuando aguardaba sentado en el establecimiento, recibí una llamada de mi editor cuyo motivo ya adivinaba: justo cuando salía de su oficina le informaron de un imprevisto y le sería imposible verme. Tras refunfuñarle un poco quedamos para el día siguiente y terminé mi café mientras veía pasar los coches por la ventana. Puesto que no llevaba conmigo un libro o un cuaderno para entretenerme, mi atención fue a parar a ese sobre que encontrara en la terminal. “Ábrelo”, decía una vocecilla para mis adentros. “No lo hagas”, suplicaba otra. Sin muchos deseos de meterme en semejante dilema, opté por pagar y regresar al hotel. Al salir, vi pasar a toda prisa dos coches patrulla y una ambulancia con las sirenas encendidas. ¿Habría sucedido algo grave? Me encogí de hombros y eché a caminar calle abajo, rumbo a la estación, sin embargo pronto cambié de planes: puesto que la tarde era fresca bien podía tomarme un rato para ir a la Puerta del Sol, que no estaba muy lejos a pie. Así hice, y luego de husmear un rato por la calle de Carretas bajé a la estación del Sol.

Ya en el andén me volvió a la mente el sobre que llevaba conmigo. Supuse que era mi deber entregarlo en las oficinas de la terminal como me lo propusiera más temprano, pero la pereza pudo más que mi civismo: el tren ya llegaba, y como había mucha gente y no deseaba perder más tiempo el sobre subió conmigo al vagón.

No negaré que sentí algo de culpa durante el trayecto, pero cuando llegué a mi habitación ésta ya había pasado a segundo término y de nuevo escuché aquella vocecilla que, con mucha mayor insistencia, me decía: “ábrelo”. Lo dudé poco. A fin de cuentas, ¿qué era lo peor que podía suceder? Me senté frente al escritorio, encendí la lámpara y, tras mirar por encima del hombro como para cerciorarme que no hubieran testigos de mi fechoría, rompí el sobre por un extremo. Dentro no había sino una hoja con un muy breve mensaje escrito. Me coloqué las gafas para leerlo.

Querida Lina:

A pesar de que no fui la felicidad que merecías, te deseo todo lo mejor en tu nueva vida. Lamento que las cosas hayan terminado así, pero quiero que sepas que respeto tu decisión y no te guardo rencor. Siempre te amaré.

No había firma.

Ocioso, comencé a imaginar quién pudo haber escrito esa despedida y qué motivos tuvo Lina para abandonarle. Se me ocurrieron unos cuantos escenarios, todos ellos contagiados por experiencias personales que en nada competen a esta narración. Tras echar otro vistazo a la carta me pregunté también qué habría sucedido al desdichado amanuense al percatarse que no la llevaba consigo. ¿Acaso se habría estropeado su último encuentro con su amada? ¿Se habría quedado de pie frente a su puerta, desconcertado, palpándose las ropas?

“En el peor de los casos”, pensé, “pudo escribirle el mensaje de nuevo”.

Dejé el papel sobre la mesa, cogí el teléfono para pedir que me llevasen la cena al cuarto y me recosté para ver la televisión. Mientras cambiaba los canales pasé por un noticiero local que mostraba una toma de la Plaza del Callao invadida por dos coches de la policía y una ambulancia… La conductora del programa narraba que aquella tarde un hombre se había arrojado de la torre del Edificio Carrión, quebrándose hasta las vísceras tras impactar contra el suelo. Las primeras averiguaciones apuntaban que el sujeto, cuyo nombre omitiré, se encontraba en sumo afectado tras haberse divorciado.

“De Lina”, completé con la mente.

Entonces miré de nueva cuenta la carta sobre el escritorio y la descubrí manchada de sangre. De inmediato la arrugué entre mis puños, la aventé por el balcón y corrí a lavarme las manos. En el espejo me descubrí pálido cual espectro. Telefoneé al restaurante del hotel para pedir que cancelaran mi orden: había perdido el apetito.

 

 


E.J. Valdés Escribe libros, hace radio y tiene cara de pescado. Colabora en diversas revistas electrónicas. Su publicación más reciente es Cuentos de un hombre solo (Elementum, 2016).
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