Santa Juanga

Por Aldo Barrios

Lo digo sin sacarle la vuelta a la obviedad: murió Juan Gabriel, un suceso axiomático, absoluto, un acto consumado diría la Universidad Panamericana, fatal, mortal, diría Saúl Hernández. Las muestras de cariño y admiración no se han escatimado, todos somos Juanga dicen unxs, fue un ícono transgresor dicen otrxs, la hiperbolización distintiva de la vida de los ídolos populares se ha dejado sentir con su muerte.

Y no es de extrañarse esta reacción, realmente estamos ante una figura atípica dentro del ideario nacional, su gran capacidad musical, aunado a su dominio de la estética y filosofía popular, su innegable carisma y su manera de desenvolverse lo hicieron único. Y es precisamente por esa “manera de desenvolverse” que algunxs lo comienzan a considerar como un artista transgresor. Una evidente muestra de amor. Yo no veo con tanta claridad esa aludida transgresión. “Hizo lo que quiso”, dicen otrxs, tal vez, no lo sé. Incluso se hizo famosa su utilización de la frase “lo que se ve no se pregunta” para responder al tonto cuestionamiento de un reportero nervioso y con el único objetivo de sacar la nota de 8 a costa de la vida íntima de la celebridad que tenía enfrente. Y el debate vuelve: ¿deben las figuras públicas salir del clóset y ser abanderadxs de la causa de la minoría que representen? No deben. Pero estaría chilo que lo hicieran.

En el caso de Juan Gabriel, y tras su muerte pareciera como si hubiera sido de siempre un abanderado por la visibilidad y los derechos de la población LGBTI. Yo no lo veo así, no puedo verlo así, sé que no fue así. Me van a disculpar sus fans y sus fans de esta población que sientan que así fue (que son muchxs) pero la verdad es que nunca se pronunció abiertamente al respecto, no quiso nunca enunciar esa parte de su persona, lo que es completamente comprensible y respetable.

En nuestra sociedad patriarcal no es raro, pero sí digno de examen, el hecho de que en nuestra época este cantautor, ídolo de multitudes, amigo de poderosos productores, gobernadores, presidentes, líderes de partidos, y aceptado y querido por la oligarquía y la prole por igual y al cual se le atribuye un corazón enorme, de oro, inconmensurable, no haya tomado la decisión de apoyar abiertamente a un sector de la sociedad que sufre de discriminación sistemática. Nomás digo, él sabía de qué se trata esa discriminación, la padeció toda su vida, con muchísima más intensidad y sufrimiento en sus primeros años. Una historia terrible, que desgraciadamente viven demasiados.

¿Por qué Juanga nunca apoyó abiertamente la causa LGBTI? Me atrevo a decir (y sólo estoy suponiendo), que a pesar de su posición de privilegio y todo el poder y subsecuente condescendencia no lo hizo para no poner en riesgo el sitio que ya le pertenecía. Es decir, por lo mismo que hay tantos y tantas y tantes en los clósets: sus miedos siguen ahí, el rechazo siempre es latente, aunque seas admirado y amado por multitudes. Lo que se ve no se pregunta sirve de equivalente juguetón a la frase lo que no se enuncia no existe. Claro, Juan Gabriel no era ningún tonto para darle verdadero valor a ese falso axioma. Sabía que cualquier cosa que respondiera se tomaría a charra por aquellos machistas que abundan y se multiplican a la menor provocación por estas tierras. Lo que da para pensar que pudo haber vivido con una homofobia introyectada que ningún privilegio económico o político le pudieron ayudar a superar (algo muy común en su generación y también en lxs artistas –por esa necesidad de ser “amadxs” por su público y el temor a perder ese amor al confirmar algo que ya es evidente).

Desde luego, se le reconoce a Juanga la visibilización y aceptación de una forma de personalidad distinta a la del estereotípico binarismo sexual. Pero estamos hablando de un artista longevo, más de 4 décadas gozando de la fama y el “cariño” de un público inherentemente machista, y conformarse con la visibilidad de su forma de ser no me satisfacen como individuo idealista. Logró esa visibilidad y aceptación desde principios de los 70s, ¿y después qué?

Se ha mencionado mucho su “gran generosidad” su “desprendimiento”, ¿por qué no fue más generoso y desprendido con la población LGBTI? Yo creo que el miedo al rechazo seguía oculto, la discriminación sufrida lo había marcado, sabía que el enunciarlo lo haría cruzar una línea que molestaría a muchos, se le señalaría –otra vez–. Ni su lugar privilegiado le podían evitar sentir ese rechazo hacia lo que se ve pero no se dice.

Se ha mencionado también que en su forma de ser llevaba la bandera. Probablemente, no soy fan, y evitando caer en el clasismo snob de algunos funcionarios fresas, puedo decir que me gustan muchas de sus canciones pero también encuentro otras detestables y que contradicen esta postura. De hecho, el prolífico Juanga tiene el “honor” de haber escrito el peor verso en la historia de la canción en español, aquel que reza: “César Duarte es baluarte”. No, no, no, no, no. Líricamente es imposible caer más bajo. ¿Pero qué necesidad?

Fue entretenimiento de la clase política mexicana, y como César Duarte, muchos otros políticos lo usaron para atraer el aplauso fácil. Fue a donde le pagaron “como se merecía”, y curiosamente su generosidad fue siempre dirigida a causas políticamente correctas. Pero así era Juanga, o Santa Juanga para muchxs, un ser humano poco común, con grandes virtudes y algunos defectos, entre ellos, claro, el ser tan penosamente priísta, tan transgredorcito –pudiendo ser más–, pero se vale, y se respeta, se le reconoce su aporte, aparte del musical, el de la visibilidad y el orgullo de ser distintos, y al mismo tiempo su figura evidencia el machismo de una sociedad que ve en él, a un mismo tiempo, lo sublime y lo ridículo, todo un espectáculo digno de las masas.

Ahora, con ese velo de santidad, Juanga nos invita a reflexionar sobre esa reticencia tan arraigada en nuestra cultura: la de despojar de la complejidad a lxs muertxs, restarle dimensiones, verlos ya tiesos como obras de perfección. Pareciera que se trata de deshumanizar a lxs muertxs, dejarlxs bonitxs y presentables para el gran público, que no se corra el maquillaje, que se vea natural. Quizá sea “natural”, pero no deja de ser una visión parcial de quien fue toda una complejidad como todo individuo. Juanga no era perfecto, nadie lo es ni lo será, la imperfección es hermosa y se debe honrar. El culto a Juanga sacará a relucir más cosas sobre la idiosincrasia LGBTI en México.

 

Aldo Barrios, ft. El Gil

Septiembre 2016

 

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