El hijo inútil

Por Fer Destéphen

¿Cómo comenzar una historia? Todas comienzan igual: Con un sol en un día común como una sandía, una montaña o un pletórico discurso lleno de imágenes metafóricas, y atiborrado de un legajo de palabras consagradas a los últimos pasillos del laberinto de un diccionario. Esta lectura comienza así, con esta pregunta retórica de cómo hacer el principio de un cuento.

El personaje que les presento no es un monstruo verde, de aguas misteriosas, o con características singulares de villano inventado antes, este no, este es un incipiente intento de maldad, pero maldad limitada, torpe, se llama Javier W. Rodríguez, y su vida comenzó como las de los demás, -ya se dije antes- no es un cíclope gigante, ni esta desfigurado, es solo un tipo situado en una posición muy cómoda, y que puede mandar como una especie de aprendiz del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo, pero con las facilidades de la tecnología digital al alcance de sus manos (no, no tiene tentáculos) solo es un tipo regordete, y acomplejado, semi-calvo, cabizbajo por antonomasia  y con un dispositivo móvil con logo de manzana brillante en la mano, así como es; “rellenito” se pasea como pavo real engreído, por las escaleras con un aire paternal y déspota, haciendo denuncia y anunciando artefactos hace mucho inventados, como creación propia, con la cabeza levantada y con el pecho hinchado como un gallo que atorado por el amanecer y la carraspera de anunciar el nuevo día tiene una grave inflamación de amígdalas.

Parece un gitano inventor, un mentiroso compulsivo -mitómano-  hablando de todo cuanto acontece con aire de dueño de la patente.

Hace mucho tiempo, antes de que se inventara y se le diera nombre a todo, habría sido un “Talk Show” muy bien vendido entre las cadenas internacionales de televisión, puesto que su labor de inventar tiene mucha distancia con la de los verdaderos creadores de los artificios, creo que su factor más común es la inutilidad como forma de vida orgánica respiratoria, y se dedica a intentar gastar lo que le queda de filantropía regalando un saludo y caminar viendo el reflejo de la realidad en su teléfono. ¿Qué será de este triste personaje cuando este mundo decida evolucionar y sus múltiples talentos valgan lo que el rollo desnudo que enrolla el papel de baño?

Sus historias son apetecidas por el silencio, o por los grillos que se pasean al inaugurar cada noche, sentado, busca lo último en avances noticiosos internacionales, para dedicarlas a sus colaboradores -sin tenerlos por iguales- y escucharlo hablar infinitamente durante horas y horas, y más horas, para demostrar sus inacabables conocimientos de almanaque, lleno de los consejos más obvios y conocidos por todos, los que solo asienten por sueño, por conocimiento de cultura general o porque en el fondo han descubierto el gran secreto; él es en su calidad de humano, una persona sola, un asceta sin ideales, un no soñador, un obligado a crecer a destiempo, en síntesis un cuerpo sin espíritu o un espíritu flaco, seco, intrínsecamente vaciado de cualidades humanas carismáticas, y lleno de todos los vicios de nulidad que convierten a una persona en objeto desventajado, más en concreto, un ser solitario en medio de gente llena, llena no de dinero -que escasea como una revista de sociedad y farándula en la mesa de los Martínez, en una cena ordinaria- digamos gente llena de la alegría que produce no ser él, que a este punto es mucho, casi una bendición.

Un reto, vivir a la sombra del éxito ajeno y familiar de un Don “encorbatado” que logró mucho en su carrera y que no muchos han reproducido ese éxito a medias (incluido Ricardo José Wang R.J.W.)

Saberse un hijo inútil a la par de un ejemplo a seguir por varios y de no seguir por otra mayoría no es cosa fácil, menos común, lo que le queda es fingir que él encontró una nueva fórmula para calentar el agua de forma más práctica, pero sin ahorrar nada y logrando un gasto mucho mayor para el conglomerado de países cooperantes, que esperaban que dicho hijo creará de forma factible y pragmática una nueva formulación para la calentada del agua, y que pudieran distribuir entre tanto pobre del mundo, lograr la reducción de la pobreza en un medio punto verde para conseguir así más ayudas, engordar más, verse muy guapos y filantrópicamente humanos correctos en esas comidas de hotel, durante la presentación de la orgía de estadísticas que con tenedor en mano, y bocado en boca nadie entiende pero todos aplauden de forma lúdica, y sin seña de en realidad entender lo que el hombre con el micrófono y el vaso a la mitad de agua vocifera y se enciende en un paroxismo letal.

No había día del mundo, en donde no inventara algo a su manera, algo que alguien le había copiado antes, muchos años antes, y que ahora él por la calidad de brillantez de su cerebro había calculado y por fin había implementado, siguiendo los diagramas del inventor primigenio.

Todos los días, y digo todos los días se tenía que saber que él era uno de los maestros del universo, que él había inventado miles de artefactos de gitano, y podía hacer miles de cosas a la vez; escribir como secretaria antigua, dictar como militar, cantar como Serrat, escribir como Cortázar y Saramago.

Quien desconocía la ausencia de alma en ese cuerpo, le podía creer que había sido el genio detrás de la tan importante reinvención de la calentada del agua, o de la rueda de caucho sintético con polímero de saliva de mariposa de Pangea.

Había quien se quedaba con la boca abierta y los dientes relucientes, expectantes a las próximas anécdotas, a las siguientes palabras que serían como el sermón del monte de Jesús, discursos que quedarían inmortalizados en la risa falsa, y los ojos abiertos de la incredulidad de escuchar cómo podía alguien apropiarse de tantas historias, y adoptarlas como palomos bajo el hombro en el calor del sobaco, y más increíble que su poder derivará de esas reuniones que más eran monólogos -y no de la vagina-, diálogos monopolizados interminables, a veces las únicas esperanzas eran ver los diferentes relojes y creerse aguja para apurar el tiempo y olvidar que se estaba en el cuello de un reloj de arena averiado.

Los epítetos que pululaban eran infinitos, las menciones y recordatorios al día de su nacimiento y de su madre eran cosa que no pasaban de moda, y se pasaban de generación en generación como un acuerdo de herencia y entrega de un bien no material para conocimiento de los futuros llegados, o iniciados en esta labor, teniendo tan de cerca a un hombre completo, pero a la vez acéfalo de imaginación y con carácter de toro esquizofrénico con un IQ muy alto, pero capaz de cambiar de posición a cada rato, como una masa de plastilina imbuida por más plastilina hasta ser una masa amorfa de la misma materia más grande, gorda y con una variedad de colores. Así eran los días, un día inventaba el color azul en una esquina, dos días después lo quitaba, un mes después cambiaba el formato completo de todo lo hecho antes, y 2 meses después ya no servía porque ya se había hecho algo mejor, consciente de que no podía hacerlo mejorar por capacidad propia lo mandaba a eliminar bajo la excusa de que no habían entendido su concepto de perfección estructural y panóptico en el desarrollo de los planos, y ay, de quien se atreviera a implementar algo sin su autorización, se sometía a la ignominia y enfado, la constante reeducación mediante una lobotomía óptica, y alineamiento hacia su forma tan peculiar de pensar.

A veces aparecía de la nada, como invocado con palabras claves, pero desconocidas para el que las pronunciaba, por eso se hablaba despacio y con mucha cuidado para no hacerlo aparecer, se tenían varios patrones lingüísticos probables, posibles combinaciones de palabras para evitar su presencia accidental a medio bocado de la galleta en el desayuno, o el café de la tarde, pero el improvisado equipo humano de inteligencia carecía de la logística tecnológica necesaria para calcular la cantidad de ecuaciones morfológicas potenciales, cantidad de apariciones, y patrones filológicos, el trabajo se hacía de forma artesanal escribiendo en libretas, en papeles, y computadoras, y como en una recreación clonada del caos divino de la torre de Babel, se creó una confusión de claves y sonidos agudos que terminaron por hacer creer a los que pasaban afuera del edificio, que en ese lugar o trabajaba una horda de locos sin salvación, o una manada de lobos con retraso mental y un avanzado caso del síndrome de Tourette.

Entonces muchos abandonaron la tarea y se arriesgaron a dejarse sorprender. Parecía fantasma, falseando en una esquina, o arrinconado escuchando, tratando de averiguar cuál era el epíteto calificativo de moda para exagerar sus pocos atributos y los muchos defectos, bueno, dependía mucho de quién lo vea, podían haber muchas variaciones, atributos más, defectos menos, o viceversa, todo en dependencia de los ojos que lo veían, eran muchas miradas que se abrían, y los oídos que se cerraban cuando comenzaba sus disertaciones sobre la política mundial, deportes, farándula, y televisión extranjera que era su tópico favorito para eclosionar, y explotar como bomba de terrorista hasta llevar al síncope a los que escuchaban semejantes tiradas de cabello, de un tipo regordete, con lentes gruesos y navegando parecido a un delfín digital en las redes sociales para lograrse un momento de gloria o una felicitación, parecía no calcular nada bien.

Sus recuerdos al lado de gente que hacía las cosas bien y que le habían enseñado sus formas o trucos para hacer lo que hacían, obligatoriamente invitaban a hacer una serie de preguntas, ¿si a él les enseñaron eso, por qué no aprendió un poco de humanidad para ser una mejor persona? no un tipo que prefiere ver al suelo y no ver a los otros, un tipo tan adusto, tan solo, tan necesitado, que subestimaba a los demás con el único y malsano objetivo de completar la triada de Pierce por sí mismo, sin más semiótica que sus comentarios ontológicos acerca de la teleología de cuestiones fútiles, obviando las responsabilidades pragmáticas del estoicismo y aplicando con el filo del diente con hambre, juicios escatológicos en sus lapsos de dreno de iras reprimidas y complejos.

Miraba de reojo y ponía las orejas de satélite a trabajar para escuchar cualquier comentario que pudiera él considerar inapropiado o le diera el salto, o seña para agrandar su figura de todólogo y corregir esos conocimientos, o aumentarlos para reafirmar su condición de ser superior, bien educado, buen orador con una semántica impecable, igual a un juego de cubiertos en una cena de hienas.

Los días concurrían igual, por las gradas pulidas gracias a las fuertes manos de las aseadoras que barrían y trapeaban, y las dejaban tan limpias que daba un gusto caminar en ellas, hacer chistes, hablar, comentar cualquier cosa, hasta que se sentía la presencia de este personaje amargado, atrasado emocionalmente, sin una maldad real y un cúmulo de leyendas sobre su ancha espalda… Aparecía una cabeza brillante, medio pelo peinado, siempre con el teléfono con logo de manzana en la mano, su cabeza brillaba, era inmensa, como la de un zompopo triste y antiguo.


Fer Destéphen. Hondureño. Soñador por convicción y escritor por necesidad de imaginar crear y creer, tan normal como una coma y aleatorio como un punto sin cara. Autor del libro de poemas: Código de ecos, poemas sin luz. 2016 (odia el calificativo de poemario

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