Democrática

Por Judith Castañeda Suarí

La ópera, como tal, apareció a finales del siglo XVI para representarse en las habitaciones palaciegas y para ser escuchada sólo por el oído de la nobleza, sí, pero tiempo después comenzó su andar en los teatros, y entonces su presencia se alzó delante de ojos distintos a los de los príncipes.

Lo anterior tampoco está exento de cierto elitismo: quien tenga los medios suficientes para pagar un boleto, podrá asistir a una representación. Esto, en la Venecia del siglo XVII, también comienza a cambiar. Lo dice el divulgador Ramón Gener en su programa de televisión This is ópera, en el capítulo dedicado a Vivaldi; lo escribe Patrick Barbier en su libro La Venecia de Vivaldi, publicado por la editorial Paidós en el 2005:

“De un género musical reservado a las grandes familias de Florencia, Parma o Mantua, es decir, a una élite cultural, Venecia hizo un espectáculo para todo el público […] por primera vez el Teatro San Cassiano se abría a todos, tanto al procurador de San Marcos como al más modesto gondolero”.

A casi cuatrocientos años, nuestra distancia con respecto a dichos acontecimientos no es tan larga como parece: imaginémoslo: la ópera es sólo para unos cuantos, los músicos y los cantantes se desenvuelven en salones donde muy pocos tienen la posibilidad de entrar, los temas son tomados de la mitología griega y elevan los espíritus con temas ajenos a la cotidianidad del pueblo; de pronto gracias a las condiciones de cierta ciudad, este género dramático, que no musical, abandona ese confinamiento y sienta sus reales en teatros abiertos a todo aquel con posibilidades de pagar una entrada. Como ocurre con la mayor parte de los cambios, muchas personas ven esto con malos ojos: ¿por qué entregar a labios vulgares el dulzor de aquella miel, siendo incapaces de apreciarlo? Sin embargo tales reticencias no importan, la difusión sigue marchando, se abren los teatros, los temas y las miradas que los observan se diversifican.

La descripción de Venecia como una ciudad donde clases sociales tan opuestas entre sí, como los príncipes y la gente del pueblo, pueden estar en el mismo lugar al mismo tiempo, sintiendo las mismas emociones ante un idéntico espectáculo, bien podría amoldarse al territorio sin fronteras ni muros de nuestra época llamado medios de comunicación. Ya desde hace años la radio y la televisión llevaron la ópera hasta sus posibles espectadores. Sin salir, sin necesidad de un vestido de gala. Tenemos también las grabaciones: acetatos, casetes, discos compactos, DVD. Entonces ya no es necesario esperar: la ópera se nos ha puesto a un solo interruptor de distancia.

En la actualidad hay un elemento más que podemos sumar a los medios existentes: el internet. Allí está el más amplio teatro de representaciones del mundo, con intérpretes y repertorios para todos los gustos. Ese lugar es nuestra Venecia: frente al monitor, las suntuosas salas rojo y oro pierden sus muros y se desprenden los techos llenos de arañas de luz.

Habrá quien objete lo anterior diciendo que para entrar a esta sala de conciertos, de igual forma es necesario adquirir un boleto. De acuerdo, nuestra entrada implica un equipo, ya sea de cómputo o de telefonía, así como una conexión, y no todos contamos con dichos elementos. Pero si es así, si una especie de impulso aspiracional nos empuja a obtener un teléfono celular con acceso a internet y a redes sociales, si en nuestro trabajo o en los cibercafés un clic nos lleva hasta una lista de reproducción de Youtube o de Spotify, ¿por qué no tomamos una ruta diferente y nos aventuramos a teclear, por ejemplo, el nombre de Giacomo Puccini o el de Giuseppe Verdi?

Porque la ópera está cerca de nosotros, y es posible observarla sin el halo de elitismo que se le ha conferido. Esto resalta en los videos que nos muestran alguna representación en la Arena de Verona: los asistentes no visten de gran gala, dicen “vamos a la ópera” como si se tratara de un “vamos al café”, “vamos al parque”, es decir a un paseo cualquiera. Aquí en México también ocurre: no hace mucho este arte salió a las calles, representándose en los mercados de Guanajuato, como parte del Festival Internacional Cervantino 2010, y en los de la Ciudad de México. De este modo, pasillos donde mujeres y hombres caminan apresurados buscando las compras de la semana, donde la voz de los locatarios se eleva para anunciar frutas, legumbres, abarrotes, y carteles de tonos llamativos tienen escrito un precio, una marca, se unen a los teatros para recibir a Puccini, Donizetti y Bizet, por ejemplo, quienes regresan al mundo a través del canto de jóvenes sopranos y tenores, ante el desconcierto y la reticencia iniciales.

Eso no es todo: aquí en Puebla, desde el año pasado, el auditorio del Complejo Museístico la Constancia Mexicana ofrece proyecciones en vivo desde el Metropolitan Ópera de Nueva York, con entrada libre, lo cual convierte el boleto de entrada en un mero trayecto en transporte público hasta el lugar de la representación.

Entonces, sólo hace falta olvidarnos de los prejuicios y voltear hacia esta forma inmensa de arte, escribir en el buscador de videos de Youtube “La Traviata Verdi ópera completa subtitulada” (disponible, por cierto, en una puesta en escena del Festival de Salzburgo del 2005, entre cuyo elenco se cuenta a la soprano rusa Anna Netrebko y al tenor mexicano Rolando Villazón), sentarnos ante la pantalla de la computadora, o con el teléfono móvil entre las manos y escuchar; esto si no estamos dispuestos a esperar que algún canal de televisión transmita galas de ópera, lo cual puede tardar meses. Una vez listos, no es necesario vestir ropas formales ni calzar zapatos de tacón imposible; podemos estar en pijama, comiendo palomitas, desparramados en nuestra habitación, y observar los intentos del conde de Almaviva por acercarse a la joven Rosina en El barbero de Sevilla, o a Canio, mientras canta la que está considerada como el aria para tenor más desgarradora, Vesti la giubba, de I pagliacci, sin que en nuestra sesión intervenga ni una taquilla ni una butaca ni una considerable cantidad asistentes. Incluso podríamos pretender estar en un karaoke y tratar de seguir el libreto de la ópera, esto si los subtítulos o una familiaridad previa nos lo permiten: estamos solos y somos libres.

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