Los vagones del metro

Por Noé Vázquez

Los vagones del metro de la Ciudad de México son espacios gratificantes para la civilidad y el trato, incluso para los rituales y las ceremonias personales. Lo explico. Aquí podemos tirar a la basura las teorías sobre la distancia interpersonal y reducir ésta al mínimo, piel con piel apretujada, carnes tensas que se suman una con otra y forman un conglomerado de cuerpos como un monstruo sin cabeza, humanidad que se vuelve una sola, olores a pachulí y loción barata.

En estos espacios breves estilo lata de sardina, sudor con sudor se paga. Una masa de carne humana empuja a la otra, se encuentra ambas y se presumen indivisibles, ocupando el mismo lugar en el espacio, los mexicanos desafiamos las leyes de la física, en eso nadie nos gana. No hay quejas sobre la invasión a la privacidad y se ponen a prueba los límites de la tolerancia hasta el cansancio. Viajar en el metro es un reto que la gente asume con una mezcla de resignación y estoicismo al principio, y después, con un ánimo perplejo de felicidad. No estaremos solos nunca más, pensamos, viendo las cosas por el lado amable. Es como un deporte extremo que implica la cercanía y la invasión de la esfera personal en donde cae derrotado el primero que rompa la compostura. Pensaba en esto cuando Natalia y yo decidimos tomar la línea que venía en la dirección de Pantitlán.

Recuerdo que esperamos el tren por unos minutos mientras nos tomábamos de la mano y veíamos la gente entrar en otros vagones, los guardias con guantes blancos los empujaban a todos como ganado, apretándolos al máximo hasta que entraran, como acomodando en su caja una serie de piezas de Lego que un niño guarda después de jugar. Cuando habían empujado lo suficiente, podían cerrar las puertas de esos vagones que más bien parecían mataderos de judíos con sauna incluida. Cuando llegó el siguiente tren nos atrevimos a subir en él. Consideramos que ese era nuestro vagón. Nos juntamos todos en la puerta, desordenadamente.

Existe un acuerdo tácito, con leyes no escritas y comunicación telepática para repartirnos los turnos de la fila, lo hacemos con precisión matemática. Quién entrará a continuación es algo que se resuelve en ese momento y de forma automática, en décimas de segundo. Pensándolo bien, somos como langostas formando una plaga en donde cada quien sabe su posición, tanto la física, como la metafísica. Fue la aglomeración la que nos puso juntos en ese vagón, uno enfrente del otro, viéndonos a los ojos. En ese momento pensaba que la gente del vagón estaba ahí como un séquito nupcial que nos animaba a besarnos. Siguió entrando más gente en las estaciones siguientes, el guardia, con sus guantes blancos siguió empujando hasta que se cerraron las puertas automáticas. Una oleada de personas te empujó hacía mí y yo, para abreviar el espacio coloqué mis brazos, uno en tu cintura y el otro en tu hombro.

El monstruo sin cabeza que formaban las personas detrás de mí me empujó tan sólo para que nuestros labios se juntaran, dando forma a un beso que desafiaba las leyes de la física ocupando el mismo lugar en el espacio. Siguieron presionando de ambos lados y sentí que una fuerza descomunal levantaba mis pies del suelo unos centímetros. Se podría decir que ambos estábamos flotando —de forma física y metafísica— en medio de la marea de personas de carnes ociosas que viajaban. Leves y felices como fuimos en ese momento, nos sentíamos un par de globos aerostáticos mirando el mundo desde arriba, pensando en esas pobres gentes apretujadas en el transporte, ya que nuestra dicha nos decía que no éramos nosotros. Cuando llegamos a nuestra parada luego de varias estaciones, y muy cerca de Eje Norte pudimos respirar el aire fresco de la estación. Al tomarnos de la mano nos sentíamos más cerca uno del otro. Como si esto fuera a continuar para siempre. En ese momento yo no quería que ese trayecto terminara. Desde la estación, Natalia y yo miramos por última vez al tren que ya partía con un nuevo surtido de carne humana que se apretujaría dentro de aquella sauna involuntaria. La gente de los vagones nos entregó una mirada esperanzada que decía: Que nada ni nadie separe la sagrada alianza que, con un beso, esta feliz aglomeración ha sellado.

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