Luz ámbar

 

Por Iván Gómez

― Bueno, ¿y por qué tanta insistencia? O sea sí, ya sé… bueno, les cuento pero ningún comentario después. Íbamos en el coche… amaba ese coche, tuve que ahorrar muchísimo y al final obtuve un empleo tan bueno que con los dos primeros meses igualé el dinero de los ahorros y pude comprarlo… No sé qué hora era. En qué momento exacto empezó todo mal, tampoco lo sé: «― Y por fin, ¿qué trajiste de regalo? –le pregunté.

― Pues lo que ya habíamos acordado, lo de la vajilla.

― Igual ya sabes que el regalo fuerte se los vamos a dar después. ¡Todo por los envíos!

― Ese es el problema de no pedir las cosas a tiempo. Pero lo que me pone de malas es este pinche tráfico.

― No consideré que estuviera atascado a esta hora.

― Es que el periférico siempre está atascado.

― ¿Crees que lleguemos?

― Pues si no llegamos a tiempo nos van a matar, ¡tanto que estuvimos planeándolo para que al final les hagamos esto!

― No, no creo. Igual y hasta ellos llegan tarde.

― ¡Cómo van a llegar tarde!

― Ya ya ya, mejor relajémonos. Al cabo que llegamos porque llegamos. No los van a pasar.

― Pues sí.

― ¿Sabes en qué estaba pensando?

― ¿En qué?

― Es curioso, ¿no? ¿Te das cuenta que nos hicimos novios casi al mismo tiempo?

― Sí, ves que hasta hacíamos citas dobles, y que tú siempre llegabas tarde.

― Sí pero no se compara con todas las veces que ustedes se iban al baño a viborearnos.

― Quisieras… pero mira, él no tardó en pedirle matrimonio. No que otros…

― ¿Y cómo sabes que no lo he hecho para que así nuestras bodas no se compaginen?

― ¿Y tú cómo sabes que te voy a decir que sí?

― Tengo mis sospechas, tengo mis sospechas. La verdad es que ese fue el último momento lindo que tuvimos. Y he tratado de alargarlo tanto como mi memoria me lo permite. Pero así no funcionan las cosas. Le dije: sabes qué, cuando lleguemos a la Diagonal Defensores nos podemos desviar para meternos por la Av. Cárdenas. Dijo que sí. También dijo sí cundo le propuse pisarle a fondo. Ya no le pregunté más. Su silencio dio paso a que me pasara alto tras alto tras alto. El asfalto húmedo por la lluvia de hacía unas horas, más el sonido de las llantas, del motor, la carroza haciendo fricción en el aire: todo se difuminaba con la velocidad. Como cuando en las películas pasan escenas de tu vida en cámara rápida antes de morir.

Dejé de pensar en nuestro amigos. Me proyecté en cuándo le haría la propuesta realmente y cómo. ¿Cena romántica? Muy trillado. ¿Fuegos artificiales? No, eso parece de telenovela. ¿Un almuerzo en el parque? Muy Hollywood.

Hasta hace unos años, antes de que se acabara la universidad y me dijeran por todos lados (hasta el hartazgo, por cierto) que soy una persona sumamente dedicada y comprometida con las causas sociales, soñaba con lo convencional: una novia, luego esposa, familia, hijos, una casa decente… un perro o un gato –nunca aclaré el dilema. Luego mis objetivos se enfocaron en cosas más serias o académicas y perdí las expectativas de aquellas cosas que con el tiempo se volvieron boberías, sueños producto de novelas baratas. Pero no. A veces volteas –y qué estúpido–, ves un rostro que hasta hace unos años te resultaba ajeno y regresan esas niñerías. Perdón si me pongo sentimental, es que pensaba en eso mientras le pisaba a fondo, y ella, claro, comenzó a sudar mientras me pellizcaba los brazos, pero no decía nada: los nervios, la urgencia, la impaciencia… un bocho, un Pointer, un Chevy, un Aveo, un Jetta igual al nuestro, todos como elementos secundarios que dejábamos atrás. Todos muy lustrosos, con familias enteras a bordo, esposos que se dirigían a su casa, madres que sólo pensaban en sus hijos y si ya comieron. Pero insisto: todos elementos secundarios. El principal era el tráiler que se atravesó perpendicularmente cuando nos acercamos a un cruce; fue la luz de mi semáforo la que estaba en ámbar o era la suya, después la luz roja apareciendo repentinamente, parecía que con su súbita aparición me gritaba que me detuviera, que aquello no debía ser una visita apresurada a la muerte.

La escena sucedió así: una voz –la suya–, una voz que gritaba: ¡Héctor, cuidado! El coche estrellándose en el tráiler, arrejuntando los faros al parabrisas, yo aun dando un último volantazo para tratar de inclinar el carro y que el golpe no lo recibiera ella. Pero los vidrios, al romperse con el asfalto laceraron su rostro, perforaron su cuello o le sacaron los ojos. O quizá todo junto. Todo fue muy rápido.

― Este… ¿estás bien, mi licenciado?

― Ya déjalo, no nos cuentes más.

― Sí, no tienes que acabar. Está bien, ten, toma, tómale.

―…No nos estás escuchando, ¿verdad?

― Desperté en el hospital. La luz blanca penetraba mis pupilas… No es cierto eso que dices que cuando despiertas luego de un accidente piensas de inmediato en la persona amada. ¡No es cierto! La realidad es que apenas su recordaba mi nombre, retazos de ese día en la mañana: me recordaba consultando los pendientes con el café de la mañana, yo revisando unos papeles con la persona que me ayuda, pidiendo copias, firmando hojas, yo saliendo al balcón para fumar un cigarro, yo bañándome, yo escuchando música. Yo, yo, yo. Pero nada sobre ella en mis recuerdos. La incomodidad llegó después, el dolor fulminante de los huesos, mi respiración lenta, lentísima, como si respirara con un solo pulmón; luego me dio una comezón ansiosa en la mano izquierda, como tropas de hormigas recorriendo mi piel. Usé la otra mano para rascarme y entonces lo vi: o más bien no la vi y en su ausencia un muñón, ¿cuento tiempo tuve que haber dormido para que me retiraran el vendaje y la herida cicatrizara al grado que estaba?

Llegaron a mí todos los recuerdos atiborrados por el silencio, y luego el impacto, el sonido de las piezas colisionando unas con otras, un grito, un último grito. ¿Era el suyo o el mío? Me he preguntado hasta el hartazgo cómo puedo recordarlo todo si yo estaba ahí. Y sin embargo lo recuerdo. Luego de los fragmentos incrustados en su piel, el coche dando otra maroma, sacándola a ella del auto, el cuerpo rebotando hacia el tráiler, para luego arrojarla al piso y la última llanta en movimiento pasando sobre su cabeza.

― En serio, mi licenciado. Ya no tienes que seguir.

― Nadie vino a verme. Hijo único con dos padres muertos, una en mis 25 y el otro en mis 29. Luego vino su funeral que más que triste fue miserable: su padre enterrándola protocolariamente y un montón de tías cuya existencia ni siquiera sabía. Pero todos mirándome con desprecio. Nadie me saludó, ni me dirigió la palabra ni nada. Terminando el entierro compré una cajetilla y decidí perderme por las calles hasta que perdiera la noción del tiempo. Tres pasos eran igual a un día y un día era lo mismo a un mes y…

― Oye, anda… ten, tómale un trago.

― Ese es mi final. Vagando ya con el hambre acumulada y sin alcohol en las manos los conocí a ustedes y…

― Y aquí estamos. El alcohol quita bien chido el hambre, mi licenciado. Ya lo sabes. Éntrale.

― Gracias. Hace frío.

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