Una dosis de melancolía

Por Javier Zúñiga

-Ven, estoy sola…- dijo Soraya.

Yo sé que es verdad, siempre está sola, incluso aunque estuviera él.

Mi alma es un diapasón que vibra al tono de su voz.

Un gato en la oscuridad debe tener los huesos de fuera, grita y puede oírse en el infierno. O simplemente se quema, como mis recuerdos.

-Hoy es especial…

Sabe que hay palabras que me dejan indefenso. Y temblores en su voz que se abren como abismos. Sé que es una caída y que no saldré ileso.

Presiento un ruego detrás de cada palabra. Sus ojos deben estar húmedos, como sus labios, como su entrepierna.

Dejo caer el cigarrillo en el cesto de basura.

Reconozco que me falta una dosis de melancolía. Sigo sentado, escuchando. Estúpidamente no he salido corriendo a la oscuridad.

-No te imaginas lo que encontrarás…

Aprieta los dientes al finalizar, quiere retener la sorpresa que me espera. Muchas veces me ha sorprendido, con esa misma boca. No sabe que me limpio la comisura, que me tiembla la quijada. No lo sabe.

Pero sí sabe que me está sudando el vientre. No puedo evitarlo.

Sabe demasiado de mí.

Es como si sus ojos bailaran por esta habitación, parados sobre el revólver que duerme en mi chaleco. Conoce de sobra que primero hay que colocar la faja, apretar, sentir como se contraen las costillas, y encima el metal. Estoy desnudo.

Pero estoy cansado.

Por eso no consigo romper la bocina en el suelo, por eso sigo esperando el próximo dolor del gato que revienta. O sólo será que sufre por una hembra.

A todos nos puede pasar.

A mí más que cualquiera.

Estoy hecho de esos dolores, de esas tristezas.

Podría abrazar a ese gato como a un hermano, mi único semejante en esta noche.

-De verdad, más que nunca te necesito…

Es como apretar un poco más un tornillo sobre mi cabeza. Eso es. Un tornillo que sangra y revienta, eso es ella. Pero un tornillo de lujo, un condenado lujo.

Un maldito lujo.

Esos ardores que no vuelven, que sólo una vez.

¿Pero qué me pasa? Sigo atado a la sombra.

Sin dejar la bocina comienzo el ritual.

Primero la faja. Esta vez no la aprieto demasiado. Quiero sentir libres mis pulmones.

La basura del cesto humea.

Arde más pronto y mejor que yo la basura.

Arrojo todo por la ventana.

Las candelas ahuyentan al gato, que mientras se pierde me regala una mirada inyectada de locura. Esa mirada que sólo una hembra te puede provocar.

-Eres un espejo, cabrón.- Le grito.

Me siento mejor.

Decido que el revólver tenga un día de descanso. Su séptimo día. También lo merece.

-Debes venir… él lo sabe todo… te necesito… no sé si podré aguantar…- dice, rota como una flor callejera.

Aprieto la faja. Guardo la pistola. Nadie descansará.

Salgo a la noche.

No imagino lo que voy a encontrar.

Mejor así: quiero que me sorprenda.

 

Javier Zúñiga Monroy, Cholula, Puebla, México (1975).

Es autor de los libros: Perdurable Memoria (2008), Casi bestia, casi humano (2016 y 2018)  La bala de Jonnhy Deep, (Premio internacional de novela corta Giralda España, 2017), Sueño que escribo / Escribo que sueño (2017), Una dosis de melancolía (2018)

Incluido en las antologías Alebrije de palabras, escritores mexicanos en breve (2013), Ráfaga Imaginaria, minificción en Puebla (2014) y Vamos al circo, minificción Hispanoamericana (2017).

 

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