Cuento de Navidad 2015

Por Alejandro Badillo

Es Navidad. 8 de la noche. En las calles hay luces de colores. Adornos y más adornos. Jesús Flores, oficinista de tiempo completo, hombre que sufre de insomnio en las noches, maneja rumbo a su hogar en medio de un tumulto de autos. Mientras avanza por calles congestionadas y ruidosas, recuerda las últimas compras de esa semana: un carro de bomberos para su hijo y un horno miniatura para su hija. Ambos regalos han mermado el dinero que le queda en la cuenta bancaria. En el radio transmiten “White christmas” de Frank Sinatra. En las calles hay largas filas y aglomeraciones para comprar los últimos regalos y los insumos para la cena de Navidad. Jesús Flores no atiende las incidencias del tráfico. Sus movimientos son automáticos: freno, embrague, primera velocidad, freno una vez más y esperar, con gesto inmóvil, el momento en que el tráfico salga de su marasmo y avance de nuevo. Sus manos se aferran al volante. En el asiento de copiloto viajan un litro de aceite de oliva, un paquete de servilletas, papel aluminio y una botella de sidra. Los encargos de su esposa, hechos a última hora, lo hicieron competir por un lugar en el supermercado que está a unas calles de su casa. Tuvo que abrirse paso entre empellones. Jesús Flores cuenta las calles que lo separan de su hogar: seis. Sin embargo, por la cantidad de autos que lo anteceden antes del semáforo, calcula que esas seis calles son, en realidad, mil. La canción de Frank Sinatra está a punto de terminar. En el bolsillo de su traje suena el timbre de su celular. El auto ha estado inmóvil por los últimos diez minutos. Tal vez alguien no pudo soportar y pisó el acelerador sin importarle que tuviera a alguien enfrente. Después, como es previsible, llegaron los reclamos, las ofensas y los golpes. Tal vez un peatón, desesperado por no poder cruzar, cruzó por la avenida justo en el momento en que se reactivaba el tráfico. El locutor interrumpe las últimas notas de la canción para desear una feliz Navidad a todos los radioescuchas. Jesús Flores piensa que lo hace a propósito. Piensa que ese deseo, dicho con voz cantarina y optimista, está hecho para hacerlo sentir miserable. Sale de sus pensamientos cuando escucha de nuevo el zumbido del celular. Se retuerce en el asiento para sacarlo del bolsillo interior de su traje y mira la pantalla iluminada: es un mensaje de Raúl, un compañero de trabajo. El mensaje dice: “¿Ya mandaste los archivos? El jefe me encargó mucho que te recordara”.

Han pasado cinco minutos más. Jesús Flores apenas es consciente del tiempo. Quiere quedarse en el auto. Quiere quedarse atorado ahí, justo cuando todo el mundo esté celebrando. Mira, a través del parabrisas, las ventanas de los edificios inundadas de colores brillantes. El mensaje de su amigo lo regresa a una situación que, al menos, por un momento, había olvidado. En la tarde había tenido que ir a la oficina para revisar los últimos estados de cuenta, los balances financieros y mandar una propuesta de negocio a un nuevo cliente. Había sido un encargo urgente de su jefe, un individuo demasiado obtuso que entregaba el alma a una empresa que, en cualquier momento, lo despediría sin ningún pudor. Jesús Flores entró a su minúscula oficina y comenzó a enviar varios correos electrónicos. No le importó verificar las cifras finales, ni el presupuesto. Pensaba en que algún día huiría de aquella lúgubre oficina. Sí, algún día encontraría algo mejor. Ya no más estar ahí en días festivos. Ya no más horas extras sin pago con el pretexto, acostumbrado, de ser “trabajador de confianza”. Seguía enumerando mentalmente los problemas del último año cuando escuchó el timbre del elevador que daba al piso de la empresa. Aguzó la vista y pudo ver a su jefe que caminaba tambaleante. Tenía el saco descompuesto y la camisa de fuera. Su cabeza un poco calva era coronada por un gorrito de fiesta. El hombre caminó entre trompicones, quizás orientado por la luz de la única oficina que, a esa hora, tenía a un empleado trabajando. Jesús Flores sintió vértigo y luego un vacío que pronto fue ocupado por una ira desbordante. El jefe, al fin, llegó a la puerta, lo miró con el ceño fruncido, abrió lentamente su boca de labios gruesos y babeantes, y le reclamó por no haber contestado las llamadas que le había hecho en el transcurso de la tarde. Espoleado por el alcohol, con ademanes furiosos y vacilantes, le dijo que había tenido que abandonar a su familia en año nuevo para ir a la oficina. Jesús Flores se levantó y, sin mediar palabra, lo derribó de un empujón. El jefe, medio inmovilizado por el alcohol y por su peso, no pudo esquivar los golpes en la cara y en el cuerpo. Sus brazos extendidos tampoco hicieron mucho ante un pesado regulador de voltaje que impactó, una y otra vez, su cabeza. La sangre se extendió un poco y mojó una caja de cartón en la que se acumulaban hojas para reciclar. Jesús Flores arrastró con dificultad el cuerpo hasta el elevador, lo dejó en un rincón y cerró las puertas para después enviarlo al último piso.  Ahí estaría, festejando su repentina muerte, macerándose con el alcohol que le quedaba, hasta que alguien lo descubriera. Segundos más tarde, mientras bajaba por las escaleras sintió vibrar su teléfono y leyó  los encargos de su esposa.

Los autos siguen detenidos. Es una marea metálica que transcurre en cámara lenta. Jesús Flores cree percibir el enfado de todos los conductores. Mira a su derecha y observa a un tipo parecido a él, cercano a los cuarenta, vestido con traje oscuro y con algunas compras en el asiento del copiloto. El auto –un compacto color rojo como el de él– lleva varios minutos sin moverse ni un milímetro. Jesús Flores no lo puede evitar: baja el cristal de su ventanilla, observa fijamente al sujeto y comienza a reír.

Alejandro Badillo (México DF-1977) es narrador y reseñista, ha publicado los libros de cuentos Ella sigue dormida (Tierra adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (Cuadrivio) y la novela La mujer de los macacos (Libros Magenta). Compiló para el Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla Ficciones en fuga. Narrativa breve desde Puebla. Coordinador de talleres literarios. Ha participado en varias antologías y en publicaciones nacionales como Playboy y el suplemento Confabulario de El Universal. Colaborador de la revista Crítica y exbecario del Fonca en la disciplina de cuento. Ganó en 2015 el Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela 2015 por su libro El clan de los Estetas.

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