Uno de muertos  

Por E.J. Valdés

Recibí una carta.

 

            Estimado señor Valdés:

Me tomo el atrevimiento de escribirle porque he leído sus artículos en el Semanario Cultural del estado y sé lo mucho que usted gusta de las tradiciones de la región. Por eso quiero invitarlo a que este año nos acompañe en el festejo de Día de Muertos en Santa Marta Ayotla. Somos una comunidad humilde pero tenga por seguro que lo recibiremos con mucho gusto. Si decide honrarnos con su presencia, por favor no deje de buscarme.

 

Firmaba un tal Sandro Loya. En el sobre, sucio y maltrecho, no aparecía la dirección del remitente. Ni siquiera tenía una estampilla, lo cual me hizo sospechar que el propio autor lo había colocado en el buzón del Departamento de Cultura. Arrojé el papel a mi cajón y fui a servirme un café antes de comenzar con mi trabajo del día. Mientras el caliente líquido llenaba la taza me invadió una súbita curiosidad por Santa Marta Ayotla. Jamás había oído hablar de esa comunidad, ¿qué podía tener de especial su celebración de Día de Muertos como para que alguien me instara a conocerla?

“Alguien que me lee”, pensé. “Alguien amable cuya invitación no sería cortés despreciar”.

Saqué el teléfono de mi bolsillo y revisé primero el calendario y luego el mapa del estado. Tres horas y media de camino no me parecían alentadoras, pero el viaje bien podía valer la pena, después de todo, a menudo en esas escapadas hay sorpresas o me vienen a la cabeza historias que más tarde escribo. Decidí, pues, despegarme un poco de la rutina y visitar Santa Marta Ayotla.

Sobre el pueblo no pude investigar gran cosa salvo que se encontraba a faldas del cerro de Terreros y que formaba parte del municipio de Tequititlán, a pesar de que no se encontraba precisamente cerca. No habían fotografías ni noticias relacionadas con el lugar, así que con esa poca información me hice a la carretera pasado el mediodía del primero de noviembre.

La comunidad estaba tan retirada como me advirtiera el GPS, y de no haber sido por éste jamás habría llegado, pues en todo el trayecto no vi un solo señalamiento que mencionara Santa Marta Ayotla. Al llegar, por un sendero en muy mal estado, apenas daba la bienvenida al viajero un anuncio carcomido por el óxido, y aquél era apenas el primer vistazo de un pueblo diminuto, cuyas deterioradas construcciones inspiraban un sobrecogedor abandono.

“¿A dónde me vine a meter?”.

Me detuve en la primera tienda que encontré y allí pregunté por aquel Sandro Loya que me escribiera, pero la mujer que despachaba dijo no conocerlo.

—Aquí casi todos nos apellidamos Hernández, Suárez o Torres. Que yo sepa no hay ninguna familia Loya, pero si gusta pregunte más pa’dentro del pueblo.

Eso hice, pero ninguna de las pocas almas que me crucé en las cuadras siguientes supo darme razón. Un poco más adelante, cuando el asfalto viejo dio paso a un empedrado rústico, no pude continuar en el vehículo ya que el paso estaba cerrado: a todo lo largo de la calle podía verse un tapete de flores —cempasúchil sobre todo— que evocaba los motivos que se encuentran a menudo en el papel picado. Proseguí a pie, por la acera, y la decoración me condujo hasta la plaza principal del pueblo. Allí, a la sombra de los campanarios de la iglesia, unas cuantas personas encendían veladoras en una elaborada ofrenda, parecida a las de la Huasteca. Tras admirarla un poco, me acerqué e indagué de nuevo por Sandro Loya. Quienes no se encogieron de hombros negaron con la cabeza.

El desconocimiento generalizado del hombre que me invitara me consternó bastante, pero tuve poco tiempo para meditar en ello porque una mujer me abordó con una pregunta:

—Dispense, señor, ¿pero viene usté al festejo de los muertos?

Le dije que sí, que el individuo al que buscaba me había invitado.

—No pus a ése no lo conocemos, pero en la nochecita todos los de la comunidá iremos al panteón a convivir un rato con los nuestros difuntitos. Vaya usté también, a lo mejor ai se lo encuentra.

Para ser franco, ya no eran muchos mis deseos de permanecer allí, pero puesto que el ocaso estaba cerca y el viaje a casa era largo, decidí quedarme a la celebración como había planeado desde el principio. Pregunté dónde podía comer algo y me dirigieron a una miscelánea que también hacía las veces de fonda y de cantina. Allí maté el tiempo entre las páginas de una revista, ante la hosca mirada del tendero y sus clientes. Por supuesto que ellos tampoco tenían idea de quién pudiera ser Sandro Loya.

unodemuertos

Poco antes de las ocho, cuando había oscurecido, vi por la ventana que varias familias ya desfilaban por la calle principal, la del tapete de flores, y pronto me les sumé. Sentí vergüenza al percatarme que yo era el único que caminaba con las manos vacías, pues todos cargaban consigo bolsas, cacerolas y botellas de alcohol o refresco.

Unas calles más adelante nos encaminamos por un empinado sendero regado de cempasúchil, el cual nos condujo al camposanto, tan modesto como todo en el pueblo, apenas delimitado por una pequeña barda de adobe. Al ingresar, la gente comenzó a cantar y rezar, y en poco tiempo la luz de cientos de veladoras dio al sitio un aire que oscilaba entre lo sacro y lo festivo. Las personas se abrieron paso por los estrechos corredores entre las sepulturas, y pronto comenzaron a servir el festín que dedicaban a sus ancestros.

Tal como dijera la mujer en la plaza principal, el pueblo entero debía estar reunido allí, sin embargo, no me pareció apropiado preguntar por Sandro Loya en ese momento.

—Oiga, señor —llamó una voz a mis espaldas. Era un hombre que cenaba en compañía de su mujer—. Usté no es de por acá, ¿verdá?

Sacudí la cabeza.

—Venga, no ande por ai solo y siéntese con nosotros. Lo convidamos a cenar.

Me sentí en sumo apenado porque no tenía nada qué compartirles, pero ellos insistieron y terminé por acompañarlos. Me obsequiaron un tamal y un poco de champurrado; un plato y un vaso idénticos descansaban sobre la sepultura.

—Vinimos a estarnos un rato con mis apás —explicó la mujer y luego los dos quisieron saber quién era yo y qué hacía por aquellos rumbos.

Animado por el alegre ambiente, hice a un lado la timidez y respondí lo primero, pero mientras hablaba eché un vistazo sin querer a la solitaria lápida a espaldas del matrimonio y entonces comprendí, con un escalofrío, por qué nadie en el pueblo me dio razón de Sandro Loya, y es que, según pude leer, el susodicho estaba enterrado justo allí.

—¿Está usté bien, señor? —preguntó la mujer cuando me quedé mudo.

Como hipnotizado, dejé a un lado la comida y me acerqué de una zancada a la tumba. La iluminación no era muy buena y la piedra estaba gastada, pero allí se leía claramente el nombre de Sandro Loya Hernández, y debajo de éste había un número: 1894.

Fuera éste el año de nacimiento o defunción, no importaba; retrocedí tan asustado que por poco derribé la olla de los tamales.

—¡Oiga, fíjese! —reclamaron.

La inscripción me había perturbado sobremanera, pero lo que vi a continuación me hizo salir corriendo de allí, despavorido, mientras hurgaba mis bolsillos en busca de las llaves de la camioneta, sin importarme el tiempo que tuviera que manejar en la oscura carretera para volver a la ciudad: apoyada contra la lápida yacía una copia del más reciente Semanario Cultural del estado, abierta justo en la página de mi artículo sobre los talladores de madera de Tecpan, y a un costado habían un bolígrafo y una pila de sobres idénticos al que recibiera días atrás.

 

 

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